FOTOPOESIAS

Carlos y Antonio juegan en mi mismo patio. Ya no es el patio del colegio público Mariano Aroca, aunque ese lugar sea nuestro también: es un patio algo distinto, donde nos reconocemos de lejos y nos sonreímos. De niños apenas tuvimos contacto, seguramente porque la tarea de crecer nos impedía detener la mirada mucho tiempo en otra persona. En aquel momento nuestros caminos no se cruzaron, eso vendría después.

Carlos y Antonio son chicos azules, cada uno en su variante  singular e intransferible. En el día a día aparentan seres completamente distintos, pero se encuentran ( les encuentro) en un lugar común que me es muy familiar . Es probable que a veces abracen los mismos miedos y que en ocasiones sueñen cosas parecidas. Intuyo que a los dos les salvan las mismas cosas, que son un poco las cosas que me salvan a mi. Detecto una chispa idéntica en sus miradas, y vuelan a una altura similar, la de las gaviotas, con sorprendente facilidad.

En el diálogo fotopoético que mantienen, percibo afinidades en los espacios vacíos, en el aire que necesitan, en los anhelos y las presencias-ausencias reveladas. Los blancos y negros son también muy de ellos, y supongo que es un lugar frecuentado por el espectro de los azules; la realidad y el deseo, la certeza y la incertidumbre, la luz y las sombras, la memoria y el olvido… Por todo eso parecería que Antonio puede firmar las palabras de Carlos, y Carlos darle al disparador de la cámara de Antonio en un mismo instante. El diálogo se hace monólogo en última instancia, porque la poesía ( escrita o visual) no tiene autor, es de quien le encuentra un rincón donde habitársela . Para ambos, ese rincón es un lugar necesario, que tiene vistas en la cara norte a los vastos jardines sin aurora,  y una ventana al sur que da directamente a un mar en calma de Noviembre, frío pero luminoso ( en el pasillo, un abrazo cálido y silencioso).

Espero que participéis de esta conversación como yo lo he hecho. Sospecho que se ampliará vuestro horizonte de azules.

Blanca.

 

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